miércoles, diciembre 20, 2017

Yalta (2: las cositas de Stalin)

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No pasaré del Mar Negro

A su llegada a Yalta, el ligeramente mentiroso oficial Houghton se encontró con un problema inesperado: los soviéticos se negaron en redondo a que el teniente Scherbatov, quien, como hemos dicho, era aristócrata de nacimiento, desembarcase en tierra de la URSS. Ésta fue la razón de que Houghton fuese designado jefe de equipo. Al americano, el largo paseo de dos horas que hubo de hacer en jeep, guiado por los rusos, desde Sebastopol hasta Yalta, no le dejó mala impresión. Quien sin embargo estaba con un cabreo que para qué las prisas era Churchill, quien motejaba a la pequeña villa de lugar insalubre.


No obstante, como también hemos dicho, todavía se tomarían algún tiempo los jefes de Estado angloparlantes antes de llegar a Yalta. El Quincey y el Sirius, barco éste último en el que viajaba el primer ministro británico, llegaron a La Valetta, capital de Malta, en la mañana del 2 de febrero. A su llegada le esperaba un telegrama de Stalin en el que el camarada primer secretario general del PCUS hacía gala de un humor poco frecuente en él: “Dije Yalta, no Malta”.

Aquel pre-Yalta maltés tuvo como principal motivo y razón la discusión entre británicos y estadounidenses de las diferencias que ambos sostenían relativas al frente occidental de la guerra europea. Las discusiones fueron una victoria total, por así decirlo, de los estadounidenses, ya que los planes que traía trazados Eisenhower se aprobaron en tu totalidad. De hecho, es probable que Churchill bajase los brazos de aquella manera como forma de un cálculo estratégico. El principal objetivo del zorro conservador era que la reunión de Malta sirviese para acordar posiciones comunes entre británicos y estadounidenses antes de encontrarse con Stalin, para así presentar un sólido frente común cuando menos en algunos temas. Roosevelt, sin embargo, estaba empeñado en jugar limpio, y así se lo hizo saber a su colega británico: no hubo pactos previos. De hecho, la discusión entre ambos no fue nada fácil y Roosevelt acabaría bastante encabronado con la insistencia de su interlocutor. En la noche del 2 al 3 de febrero, ambos líderes se desplazaron por avión a Saki, el aeródromo de Yalta. Veinte C54 y cinco York británicos desplazaron, despegando de diez en diez minutos, a las más de 700 personas que estaban en Malta y que debían participar en la conferencia. Hubo que elaborar un plan de vuelo un tanto laberíntico para evitar el espacio aéreo cretense, puesto que la isla estaba todavía en manos de los alemanes. Cada uno de los aviones debía realizar una maniobra concreta en el aire, un giro de 90 grados, sobre el aeropuerto de Saki, para hacer saber a sus defensores que no era un enemigo. Hubiera tenido su coña que a la llegada de americanos y británicos los crimeos hubieran activado las defensas antiaéreas y les hubiesen dedicado algunos pepinos.

A la llegada del avión de FDR a Saki, el presidente estadounidense se llevaría su primera sorpresa. Al pie del avión le esperaba una impresionante orquesta (nada de banda militar; aquello era más una filarmónica), así como una delegación impresionante: estaban Viacheslav Molotov; Andrei Vychinsky, vicecomisario del Pueblo para Asuntos Exteriores; el mariscal del aire Sergei Khudiakov; el almirante Nikolai Guerasimovitch Kuznetsov; el general Alexei Antonov; el embajador en Nueva York, Andrei Gromyko; y el de Londres, Fedor Tarasovitch Gusev.

Pero no estaba Stalin.

A nadie en sus cabales diplomáticos se le ocurriría recibir al presidente de los Estados Unidos de América en su propio territorio a través de una delegación de altos funcionarios, por muy altos que éstos fueran, que lo eran. Pero Stalin no era cualquiera. Se puede discutir si ha sido el jefe del Estado con mayor poder de la Historia; pero sobre lo que no hay duda es de que ésa era, exactamente, la idea que él tenía de sí mismo.

Roosevelt, en rebeldía, decidió dejar a la amplia delegación soviética con un palmo de narices en la calzada del aeródromo, e hizo comunicar que se quedaría en su aeronave para esperar la llegada del avión de Churchill. La mayoría de las otras personas que iban en los aviones sí que descendieron, y fueron trasladados a unas tiendas colocadas al efecto cerca de los aviones, con largas mesas en las que se había desplegado vodka y cognac junto con boles y boles de caviar, de salmón ahumado, carne de esturión, babyk (un pescadito de los Urales), carne de ciervo y varios tipos de pan.

Churchill llegó a las doce y media, veinte minutos después que FDR. Sólo entonces Mike Reilly, el ayuda del presidente, lo sacó del avión y lo metió en un jeep con el que pasó revista a las tropas formadas al efecto; ésta es, de hecho, una de las imágenes más conocidas de Yalta: un anciano decrépito que ni siquiera puede pasar revista a las tropas andando o, en el caso de FDR, en su silla de ruedas.

Todos tomaron una colación y luego una caravana de coches, todos ellos rusos y conducidos por rusos (o sea: por gentes que tomaban cuidadosa nota de todo lo que se decía dentro de los vehículos). El trayecto duró seis horas a causa del deplorabilísimo estado en que estaba la zona, cruelmente tratada por la guerra. A los militares estadounidenses y británicos les llamó mucho la atención comprobar que entre los miles de centinelas que flanqueaban las carreteras había muchas mujeres-soldado. Nada más llegar Roosevelt al palacio de Livadia, a las seis de la tarde, tuvo que acostarse.

Stalin llegó por tren, en la mañana del domingo 4, y se trasladó inmediatamente a la villa Koreiz, su residencia. Convocó inmediatamente una reunión en las alturas en la que estuvieron presentes Molotov, Vychinsky, Lavrentii Beria, Georgui Malenkov, Iván Maisky, Gusev y Gromyko, además de los militares (Kuznetsov, Antonov y Khudiakov). Estadounidenses y británicos celebraron reuniones de parecido jaez.

¿Cuáles eran las prioridades de Stalin en aquella conferencia? Pues principalmente y sobre todo, la voluntad más clara que se colocó sobre la mesa de Yalta, la de Stalin, se centraba en conseguir para sus fronteras el mayor número de marcas posible (en el sentido que tuvo la palabra marca, por ejemplo, durante el tiempo de la presencia musulmana en Europa, esto es, como territorios-tapón que alejan al enemigo de uno mismo). Stalin quería, por lo tanto, controlar las mayores porciones posibles de Europa central y oriental. Estratégicamente hablando, el Kremlin no esperaba grandes resistencias angloamericanas en torno a Finlandia, Polonia, Rumania, Bulgaria y Hungría. Incluso pensaba Stalin que podría “quedarse” Austria sin mucho problema.

El camarada primer secretario general del PCUS jugaba una carta: la obsesión que sabía que tenía Churchill por los territorios mediterráneos, que provocaba que a menudo tanto él como los británicos en general infravalorasen el valor de los territorios bálticos y escandinavos. Como sabía bien que ésa era la china en el zapato del inglés, le había dado un poco de la droga que le gustaba rebajando notablemente las expectativas de los comunistas griegos, quienes en las últimas boqueadas de la guerra se veían dueños del país; así como también era renuente a la hora de apoyar a Tito en Yugoslavia, un problema de entendimiento que acabaría convirtiendo al comunismo balcánico en el verso suelto del ámbito soviético. En el verano de 1944, Stalin había recibido a una de las manos derechas de Tito, Milovan Djilas, en Moscú, y le había dado una instrucción clara: “por encima de todo, no encabronéis a los británicos”; más aun, le prohibió dar pasos hacia un golpe de Estado comunista y le “recomendó” que parlamentasen con el rey. Más aún, le dijo: “tenéis que ser cuanto menos comunistas, mejor. Ya sé que os gusta llevar las estrellas rojas en las gorras, pero, hombre, las estrellas rojas son inútiles”.

Por lo que se refería a Roosevelt, Stalin sabía que su china en el zapato se llamaba Eduard Benes, el jefe del Estado checoslovaco que había sido pisoteado por Hitler (mientras la diplomacia británica daba palmas, todo hay que decirlo); lo cual hacía que, aunque Stalin tenía muy claro que Checoslovaquia tenía que formar parte, por lógica, de esa lorza estratégica que quería construir en su frontera occidental, debería ir con mucho cuidado en la conferencia.

Por último, Stalin tenía un problema más: Mao Zedong. La mejora de perspectivas del comunismo en China, sin duda, iba a poner muy nerviosos a sus ahora amigos occidentales; muy especialmente Churchill quien, en la mente de Stalin, y del mundo, en ese momento no era sino un primer ministro inglés más con la voluntad de mantener la India en su poder.

La segunda gran prioridad de Stalin, que con seguridad afloró en aquella reunión de alto nivel en Yalta, era rebajar el perfil revolucionario del régimen comunista. En aquel momento, 1945, la reputación de Stalin como hombre de acero, siempre dispuesto a utilizar la violencia y a apoyar cualquier movimiento revolucionario, le pesaba. Es por ello que, ya meses antes de celebrarse Yalta, el camarada primer secretario general había comenzado eso que podemos llamar una campaña de imagen. Fue entonces cuando comenzó a vestir sistemáticamente de militar (de mariscal, para ser exactos), buscando con ello apartarse de la imagen de líder obrero de su predecesor, siempre con la gorrita y eso. Asimismo, envió a su hija Svetlana para que pasara unas cuantas semanas en la Casa Blanca. Hizo empapelar el Kremlin y las escuelas de la URSS con retratos de viejas glorias de la Historia de Rusia (previas al comunismo, claro) como los generales Alexandr Suvorov o Mihail Kutuzov. Hizo que recomenzase la filmación de la película Iván el Terrible. Dejó de enviarle armas a Mao e hizo todo lo posible por hacer que sus diferencias con el chino fuesen de amplio conocimiento. Levantó algo la bota en la colectivización agraria y congració al régimen con la Iglesia ortodoxa georgiana; de hecho, en noviembre de 1944, poco antes de Yalta, el régimen soviético había aprobado un estatuto relativamente generoso para los practicantes de la religión ortodoxa; a la cual, por cierto, trató de ganarse por el método más antiguo del mundo: regándola de subvenciones.

Stalin, de hecho, realizó por esas fechas una visita a la tumba de su segunda esposa, Aliluyeva Nadiejda (quien, por cierto, era una atea confesa) y aprovechó dicha visita a un cementerio para visitar al patriarca ortodoxo en el convento de Novidievitchi; visita tras la cual el PCUS aceptó que sus militantes pudieran ser creyentes y practicantes.

De hecho, en una decisión que verdaderamente impresionó fuera de la URSS, Stalin decidió, en 1943, que La Internacional ya no sería el himno de la URSS. A cambio se eligió otro, la verdad bastante bonito y que hoy sigue siendo el himno ruso, que se escuchó por primera vez en la radio el 1 de enero de aquel 1944. La música fue compuesta por Alexandr Vasilievitch Alexandrov con una letra de Serge Milkhalkov y Gabriel El-Registan.


En suma, podemos resumir la posición de Stalin como la de un hombre que no nadaba precisamente en la abundancia, pues su país estaba literalmente destruido por la guerra; pero que aún así consideraba que para poder garantizar su estabilidad y la pervivencia de su régimen frente a unos hoy aliados que con seguridad intentarían destruirlo, necesitaba construirse un bloque imperialista que pudiese dominar y que le defendiese.