miércoles, enero 17, 2018

Yalta (5: el primer embroque)

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A las cuatro y cuarto de la tarde del cuatro de febrero de 1945 se producía en el palacio de Livadia, o sea en Ca'Roosevelt, el primer encuentro directo en Yalta entre los dos principales líderes del mundo: Franklin Delano Roosevelt y Iosif Stalin. Sólo los acompañaban los intérpretes, Bohlen para el primero y Pavlov para el segundo; además del inseparable Viacheslav Molotov. Apenas hablaron un cuarto de hora lo cual, contando con las interpretaciones, deja la conversación en bastante poco.

Como resulta relativamente fácil de sospechar por las notas que ya preceden a este relato, en realidad era Stalin quien tenía las ideas más claras. Por eso y porque sabía (lo tenía que saber) que la conversación iba a ser corta, tras los primeros escarceos de sonrisas y apretones de manos y tal, se dejó de polladas y disparó preguntándole al presidente de los Estados Unidos cuál era la situación bélica de los aliados occidentales en el Rhin; dicho de otra forma, quería saber cuánto podían colaborar los aliados occidentales en el que él consideraba el frente fácil.

Si la prioridad de FDR, en el corto plazo, era que la URSS le declarase la guerra a Japón; y si la obsesión de Churchill, como era bien evidente, eran las posesiones coloniales inglesas, la de Stalin era Alemania. Ocupar Alemania, hacerla suya, muy especialmente Berlín. Y si ocupar Berlín le iba a reportar, como un huevo Kinder, el regalo de la persona de Adolf Hitler, mejor que mejor. Pero yerran quienes piensan que lo que quería Stalin era pillar a Hitler. Se podría decir que, en realidad, al camarada primer secretario general del PCUS Hitler se la sudaba. Lo que le importaba era lo que llevaba importando desde el pacto nazi-soviético del 39: sentirse seguro. Pero para poder sentirse seguro necesitaba hacerse con Alemania, y para hacerse con Alemania necesitaba que sus aliados se quedasen relativamente pillados en la línea del Rhin, y es por eso que preguntó.

Roosevelt supo esquivar esa pregunta tan directa tomándosela medio a broma y comentándole a Stalin que, en el Quincey, el barco en el que había viajado a Europa, se habían producido muchas apuestas sobre si los soviéticos llegarían a Berlín antes que los estadounidenses a Manila. Stalin, escondiendo su juego, opinó inmediatamente que él habría apostado por EEUU; que sin duda los americanos llegarían antes a Manila, dado que él estaba encontrándose con una fuerte resistencia en la línea del Oder. Ambos, pues, jugaron a una especie de juego de enamorados pollas, cuelga tú, no, cuelga tú; sólo que con temática bélica de por medio.

A partir de ese momento, ambos mandatarios desarrollaron un tema fundamental para la existencia del mundo: el clima de Crimea.

Con la tradicional conversación climatológica, FDR no hacía otra cosa que ganar tiempo para buscar un tema de conversación que pudiese reputar algo más consensuado con el líder soviético. Y lo encontró. Cuando la conversación regresó a la guerra, el presidente estadounidense la hizo virar (la conversación, no la guerra) hacia los tremendos daños causados por los alemanes en Rusia. Stalin puntualizó que, en realidad, Ucrania se había llevado la peor parte; pero finalmente ambos encontraron un excelente terreno común en el comentario de la brutalidad de los alemanes.

En ese momento, el presidente informó a su aliado (en términos genéricos) de que por parte aliada occidental se iba a producir una gran ofensiva aquel mes de febrero, el día 8; ofensiva que estaría plenamente desplegada en marzo. Stalin saludó con alegría aquel anuncio, destacando lo vital de que se ocupasen el Sarre y la cuenca del Ruhr pues, teniendo en cuenta que los rusos ya ocupaban Silesia, eso dejaría a los alemanes sin carbón. Eso es lo que dijo; lo que pensó no lo sabemos, aunque es probable que se cagase en algo.

Roosevelt, ante el buen ambiente que en su juicio habían creado los últimos dos minutos de conversación, se decidió por colocar una petición sobre la mesa. Le planteó al camarada primer secretario general del PCUS si no sería posible que el general Eisenhower pudiera contactar directamente con el cuartel general soviético, sin tener que pasar por los Estados Mayores de Washington y Londres como se veía obligado a hacer hasta el momento. Stalin aceptó inmediatamente, lo cual hizo que Roosevelt se dijese a sí mismo eso tan manido de “esto marcha”.

Por eso sacó otro tema.

“Mariscal... ¿y De Gaulle?”

Los americanos sabían por Harriman, que había tenido la ocasión de discutir el tema con el propio Stalin en Moscú, que los soviéticos no eran demasiado partidarios de darle cuartelillo al francés. Stalin le había dicho a Harriman que Francia era una nación vencida, y que como tal no podía demandar los mismos derechos que EEUU, la URSS y Reino Unido. Buen conocedor de ello, Roosevelt se guardó de mostrarse como un profrancés cerrado; sabía bien que ese papel lo haría Churchill. De hecho, se cachondeó de De Gaulle al contarle a Stalin que le había dicho de sí mismo, en Casablanca, que era algo así como un moderno Juana de Arco para Francia. Ambos líderes se rieron de eso. Pero Roosevelt no dejó por ello de abogar por la idea (que le encasquetó a Churchill, evidentemente) de que Francia tuviera una zona de ocupación en Alemania. Stalin endureció el rostro y preguntó, secamente, por qué razón habría que hacer eso. FDR se quedó desarmado; tal vez esperaba que Stalin argumentase; pero lo que hizo fue adoptar la actitud de que la negativa era tan evidente que no necesitaba ni explicarse. Una actitud ante la que Roosevelt apenas tenía argumentos porque la reivindicación francesa, la verdad, no tenía un pase. Ante un interlocutor que dividía el mundo en gente que gana y gente que pierde, FDR no supo sino decir “por bondad”; argumento bastante débil en política internacional pero, vaya, cuando el tipo al que tienes delante es Stalin, parece de coña. “Desde luego”, intervino sarcástico Molotov, hasta entonces callado, “es la única razón que pueden aducir ustedes”.

Stalin, que en este punto se mostró repentinamente algo nervioso, afirmó su total oposición a la concesión a Francia de una zona de ocupación; y, no sin dejar un portillo abierto diciendo que tal vez era algo que se podría volver a discutir (como veremos, se discutió, y pronto), cerró ahí el encuentro. Ambos líderes se separaron, pues ya llegaba la hora de que se desplazasen al Salón de Baile, donde tendría lugar la primera reunión plenaria prevista para la conferencia.

Sabemos que Roosevelt salió de aquella entrevista bien impresionado. En su opinión, Stalin se había mostrado mucho más colaborador que en Teherán (lo cual es cierto; en aquella conferencia se había mostrado seco y como atacado por hemorroides). El optimismo rooseveltiano, muy alimentado por Hopkins, era, en realidad, una mezcla de lo que veía y lo que quería ver.

A las cinco y diez de la tarde se produjo el comienzo oficial de la conferencia. Alrededor de una mesa redonda se sentaron quince personas, cinco por delegación.

Por parte soviética: Stalin; Molotov; el almirante Nikolai Guerasimovitch Kuznetsov, comisario político de la Marina soviética; el general Alexei Antonov; y el mariscal del aire Sergei Khudyakov.

Por parte estadounidense: Roosevelt; Stettinius; el primer almirante de la flota, William C. Leahy; el general George Marshall; y el comandante de la flota, almirante Ernest Joseph King.

Por parte británica: Churchill, Anthony Eden, el mariscal Alan Francis Brooke, primer vizconde Alanbrooke, jefe del Estado Mayor británico; el mariscal Charles Frederik Algernon Portal, primer vizconde de Hungenford, jefe del Estado Mayor del Aire; y el general Harold Rupert Leofric George Alexander.

Aquella reunión, como se puede ver, estuvo petada de militares. A partir de la misma, los temas técnicos bélicos fueron tratados aparte, y los de uniforme desaparecieron de la mesa.

Hay que recordar, además, que en Yalta (no así en Nuremberg, algunos meses después) no se instauró la interpretación simultánea. Los miembros de las delegaciones, como bien se puede comprobar en las fotos del evento, no tenían cascos ni micrófonos. La interpretación era consecutiva, lo cual venía a ser una pequeña tortura.

Una vez sentados, y una vez más, Stalin dejó clara su voluntad de dominar la conferencia con su primera propuesta: que la presidencia del encuentro le fuese otorgada a Roosevelt. Una propuesta que demostraba la inteligencia estratégica del zar rojo: alimentaba el ego de FDR (enorme), mientras con ello colocaba palos en las ruedas de la colaboración anglosajona. Con Roosevelt presidiendo, éste se vería obligado, sino era ya de por sí proclive a ello, a adoptar una posición arbitral en las discusiones y diferencias que se pudieran producir. Un papel que, por otra parte, a Roosevelt se le hacía el culo Pepsi-Cola de pensar en hacerlo. Todo iba a favor de corriente.

Ya presidente de la conferencia, Roosevelt se arrancó con un discurso que muestra en buena medida las toneladas de buenismo con las que se había presentado en aquella mesa. Dijo, entre otras cosas, que los tres contertulios aquel día sentados en la mesa redonda se iban a entender “mejor que nunca”, y que “nuestra comprensión recíproca” no iba a hacer sino aumentar. Luego salió Rita Irasema y lanzó perfume.

Se acordó, en medio de grandes sonrisas y golpes en la espalda, que la conferencia sería una reunión de camaradas. Que nada de llamarse Excelencia ni polladas. Aquello debió parecer, en ese momento, una reunión del ayuntamiento de Cristianía.

La continuación fue militar. Antonov hizo una exposición de la situación en el frente oriental, y Marshall del occidental. Antonov no se cortó de explicar, henchido de orgullo, que la presión en el Este era de tal calibre que los alemanes estaban desplazando divisiones de Noruega, del Rhin y de Italia para poder resistir el empuje. Tras sus palabras Stalin, como se ve decidido a liderar la discusión y además dar la impresión de apertura, informó de que había dado instrucciones a Antonov. “por propia iniciativa y sin presión alguna”, de dar todas las informaciones necesarias sobre el frente oriental. Estadounidenses e ingleses interpretaron ese movimiento como un intento de Stalin de mostrar poder de decisión frente al Politburó, que claramente había colocado a sus propios controladores en la villa Koreiz a través de los servicios de Malenkov y Beria.

Marshall, por su parte, confirmó que Eisenhower tenía la previsión de cruzar el Rhin el 1 de marzo. Explicó también cuáles eran las prioridades de bombardeo de la fuerza aérea, entre ellas las bases de submarinos, ya que los aliados atlánticos temían que Alemania tuviera la capacidad de reemprender la guerra bajo las aguas. En la discusión quedó claro que el frente occidental tenía movilizadas 89 divisiones, y que en el oriental los soviéticos tenían 180. Churchill pilló al vuelo el dato aportado por Stalin y se apresuró a intervenir (por primera vez) para decir que la superioridad de los aliados occidentales nunca se había producido en el ámbito del número de efectivos, sino del material. Aquello subió un poco el tono de la discusión. Stalin recordó que después de Teherán no se había producido coordinación entre soviéticos y aliados occidentales, a lo que Roosevelt le contestó que eran momentos distintos. Ahora, dijo, el fin de la guerra se ve, determinados panoramas electorales (se refería al suyo) se han aclarado; ha llegado el momento de coordinarse. Churchill lubricó las cosas con una intervención sobre la gran confianza que tenían tanto él como Roosevelt en el camarada primer secretario general del PCUS y en el pueblo soviético; eso permitió llegar al acuerdo de que, a partir de ese momento, se celebrasen reuniones paralelas de estado mayor para coordinar los esfuerzos militares. Con eso y un bizcocho, la sesión terminó diez minutos antes de las ocho.

A todos los que estuvieron presentes en aquella primera sesión de Yalta les sorprendió la gran paz en que se desarrolló. Al teniente Norris Houghton le dio la impresión de estar en un velatorio. A ello, con seguridad, colaboró que el tono personal de Roosevelt era muy bajo (apenas fumó, por ejemplo) y el hieratismo de Stalin quien, como tenía por costumbre, se pasó todo el rato haciendo dibujitos en un papel con un lápiz. Dibujaba, sobre todo, lobos.

En la tarde-noche, en la sala del billar de Livadia, Roosevelt fue el anfitrión de una cena de quince comensales. Una cena de importancia diplomática por sus brindis. El primero fue realizado por Churchill, que lo hizo por “una paz de cien años”. Stalin respondió afirmativamente, pero no sin dejar claro que esa paz debería estar basada en el reconocimiento de estatus diferentes. ¿Acaso sería lógico, dijo, que en las futuras Naciones Unidas el voto de Albania valiese lo mismo que el de la URSS? “Nunca aceptaré”, añadió, “que una decisión de las grandes potencias deba ser sometida a la aprobación de las pequeñas”. Roosevelt, siempre dispuesto a darle la razón a todo el mundo, levantó su copa para brindar por el derecho de las potencias a decidir sobre el futuro del mundo, pero brindando, al mismo tiempo, “por los derechos de las naciones pequeñas”. Una cosa y la contraria en la misma frase y en el mismo gesto; marca de la casa, y de tantas otras casas que desde entonces beben de esta especie de social-liberalismo moñas.

Stalin, hombre seco y amigo de conceptos netos, no se quedó tranquilo con ese brindis. De forma directa aunque educada, le preguntó a Roosevelt si le gustaría que Albania o Yugoslavia estuvieran sentadas a esa mesa. Más en concreto, le preguntó si estaría dispuesto a otorgarle a Albania el mismo peso en el orden mundial que a Estados Unidos. Luego preguntó qué había hecho exactamente Albania en la guerra para merecer dicho estatus. “Nosotros tres”, terminó, “somos los que debemos decidir cómo vamos a mantener la paz mundial; la paz no se mantendrá si nosotros no la mantenemos”. Una frase que Churchill saludó con una sonora risa.

Stalin continuó. Desplegando más aun esas ideas tan cercanas a las de Roosevelt según las personas del entourage del presidente estadounidense, el camarada primer secretario general del PCUS dijo: “el águila puede dejar que canten las palomas, pero lo que no tiene por qué hacer es preocuparse por su canto”. En ese momento, se produjo una corta discusión entre Bohlen y Vychinsky, su vecino de mesa. El estadounidense le dijo al ruso que en su país algo así no se admitiría, a lo que el alto funcionario del Partido Comunista replicó que lo que tenían que hacer los estadounidenses era obedecer a sus dirigentes, y punto. Bohlen le vino a decir algo así como que no se atrevería a ir a EEUU a decirle eso a los estadounidenses y el ruso, sobrado, le dijo más o menos que cuando quisiera.

La conversación se desvió y encontró un punto de mayor paz en la negativa de Argentina a colaborar con las potencias ganadoras. Stalin defendió la idea de castigar al país sudamericano aunque, dijo, tampoco le importaba mucho porque, confesó sin ambages, era difícil que Argentina pudiera terminar en la órbita soviética (ésta era la forma que tenía Stalin de decir que una nación le importaba el huevo).

Roosevelt, entonces, tomó la palabra para intervenir largo rato y explicar, quiero decir explicarle al hombre de poder en la URSS, que el temita de las pequeñas naciones no era tan fácil de analizar como él lo hacía. Y puso un ejemplo envenenado. En Estados Unidos, le dijo a Stalin, hay un montón de polacos que están muy interesados en cuál vaya a ser el estatus final de Polonia. Stalin despreció esa fuerza argumentando que no eran ni 7.000 con derecho a voto; en ese momento, Churchill decidió que era mejor destensar el ambiente, así pues levantó su copa para brindar “por los proletarios del mundo”. Aun así, no pudo evitar que se siguiese una discusión sobre el derecho de los países a decidir su propio destino. Sin embargo, el brindis del premier británico surtió su efecto, pues provocó algunas bromas; bromas que Churchill zanjó, divertido, con este argumento: “todos ustedes podrán considerarme un conservador acérrimo; pero de los tres jefes de Estado que están sentados en esta mesa, yo soy el único que puede ser despedido en cualquier momento por el sufragio de mis ciudadanos”.

A los postres, Roosevelt informó a Stalin de que, durante toda la guerra, Churchill y él mismo le habían conocido como Uncle Jo, Tío Pepe como ya hemos dicho. A Stalin aquella información no pareció gustarle mucho; lo cual provocó una intervención de Molotov, siempre en guardia, quien le dijo a Roosevelt: “no se preocupe; eso es algo que el camada primer secretario general sabe desde hace dos años, y todo el pueblo soviético con él”. Lo primero es difícil que fuese cierto; lo segundo, yo diría que imposible.

Terminada la cena, a las 11 de la noche, Roosevelt todavía se hizo llevar por su valet, Arthur Prettysmann, a las habitaciones de Hopkins, para discutir las sensaciones de la cena. Churchill y todos los británicos se fueron a su lugar de residencia, la villa Vorontsov, donde todavía el primer ministro se bebió unos cuantos scotches que había conseguido, no se sabe por qué canales, sir Archibald Clark Kerr, primer barón de Inverchapel y entonces embajador británico en Moscú.


Stalin se retiró a la villa Koreiz, donde siguió trabajando, como era su costumbre, hasta más o menos las cinco (dormía desde entonces hasta las doce del mediodía, más o menos).