miércoles, marzo 15, 2017

EEUU (49)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.

Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra e, inmediatamente, el asesinato de Lincoln.

Aunque eso no era sino el principio del problema. La reconstrucción se demostró difícil, amén de preñada de enfrentamientos entre la Casa Blanca y el Congreso. A esto siguió el parto, nada fácil, de la décimo cuarta enmienda. Entrando ya en una fase más normalizada, hemos tenido noticia del muy corrupto mandato del presidente Grant. Que no podía terminar sino de forma escandalosa que el bochornoso escrutinio de la elección Tilden-Hayes.

Aprovechando que le mandato de Rutherford Hayes fue como aburridito, hemos empezado a decir cosas sobre el desarrollo económico de las nuevas tierras de los EEUU, con sus vacas, aceros y pozos de petróleo. Y, antes de irnos de vacaciones, nos hemos embarcado en algunas movidas, la principal de ellas la reforma de los ferrocarriles del presi Grover Cleveland. Ya de vuelta, hemos contado los turbulentos años del congreso de millonarios del presidente Harrison, y su política que le llevó a perder las elecciones a favor, otra vez, de Cleveland. Después nos hemos enfrentado al auge del populismo americano y, luego, ya nos hemos metido de lleno en el nacimiento del imperialismo y la guerra contra España, que marca el comienzo de la fase imperialista del país, incluyendo la política asiática y la construcción del canal de Panamá.


Tras ello nos hemos metido en una reflexión sobre hasta qué punto la presidencia de Roosevelt supuso la aplicación de ideas de corte reformador o progresista, evolución ésta que provocó sus más y sus menos en el bando republicano. Luego hemos pasado ya a la implicación estadounidense en la Gran Guerra, el final de ésta y la cruzada del presidente a favor de la Liga de las Naciones. Luego hemos pasado a la (primera) etapa antiinmigración hasta la llegada de Hoover, quien se las prometía muy felices pero se encontró con la Gran Depresión , que trajo a Roosevelt y sus primeras medidas destinadas a reactivar la economía, así como el nacimiento de la legislación social americana. 

Las elecciones de 1936 encontraron al New Deal en lo mejor de su desarrollo. La popularidad de Roosevelt era incontestable a todo lo largo y ancho de la sociedad estadounidense. Los republicanos, que se reunieron en junio de aquel año en Cleveland, se empeñaron en montar una campaña milenarista bajo el concepto de que América estaba en peligro. Nominaron al gobernador Alfred M. Landon, de Kansas; quien fue a las elecciones acompañado de un editor de periódicos de Chicago, Frank Knox. Los demócratas, por su parte, lógicamente volvieron a nominar a FDR, y esta vez eligieron como su compañero a John N. Garner. Los partidarios del padre Coughlin y otros agitadores de la palabra crearon una tercera formación, el Union Party, que nominó a un congresista republicano de Dakota del Norte, William Lemke.


Landon sólo fue capaz de ganar en Maine y Vermont; Lemke, ni eso. La gente votó la continuidad del New Deal. No obstante, poco tiempo después de haber ganado, FDR habría de sufrir la mayor derrota política de su carrera.

Cabe recordar que el Supremo de los Estados Unidos se había cargado varias de las creaciones del New Deal, como la NRA, y la AAA. Asimismo, también rechazó un plan de retiro en la industria ferroviaria, así como la Bitominous Coal Act, destinada a reorganizar la industria carbonera. Asimismo, también tumbó una legislación para proteger las hipotecas rústicas, como también había impedido la aplicación de una ley sobre bancarrotas de ayuntamientos.

Roosevelt llegó a la conclusión de que para solucionar ese problema debía reformar la composición del Supremo, que llevaba ya muchas décadas consolidada en nueve miembros, hasta el punto de ser prácticamente indiscutible. El 7 de febrero de 1937, sin apenas haber consultado a ningún otro político, ni siquiera de su partido, hizo público lo que pronto se conocería como su court-packing bill. Esta propuesta de ley establecía que siempre que un juez permaneciese en su puesto seis meses después de haber cumplido los 70 años, se debería crear otro puesto. La propuesta fue vestida como dirigida a todo el estamento judicial, pero a nadie se le escapó el dato de que seis jueces del Supremo estaban ya en esa situación, por lo que, de aplicarse la ley, dicho tribunal quedaría automáticamente ampliado a 15 miembros.

Fue un movimiento erróneo. Con el New Deal en marcha y sus políticas intervencionistas bien visibles, la oposición republicana había hecho maravillas construyendo el discurso de que el presidente estaba construyéndose una estructura de poder omnímodo y antidemocrático; ahora, por así decirlo, tenían la prueba, pues planeaba darle la vuelta al Supremo como a un calcetín.

Siguieron meses de deliberaciones en la Comisión de Justicia del Senado, hasta que ésta votó, 10 contra 8, contra el proyecto de ley, lo que lo hirió de muerte.

La derrota de Roosevelt, sin embargo, quedó mitigada por el anuncio del juez conservador Willis van Devanter, en el sentido de su retirada. La salida de Devanter le permitió a FDR nombrar un juez mucho más liberal: Hugo L. Black, de Alabama. Además un juez, Owen Roberts, que había sido miembro de la mayoría conservadora, comenzó a votar con los liberales en diversas decisiones, probablemente presionado por la opinión pública.

Así las cosas el 29 de marzo de 1937 un Supremo bastante renovado en sus intenciones y en sus acciones tomó tres decisiones que claramente fueron favorables al inquilino de la Casa Blanca. En la primera, falló contra sí mismo y decidió apoyar una ley de salario mínimo que se había aprobado en Nueva York (y que, como decimos, antes había repelido). En la segunda, con voto unánime declaró la legalidad de una nueva Farm Mortgage Act. Y en la tercera declaró legal la Railway Labor Act en su redacción de 1934. Dos semanas después, prestó su apoyo a la National Labor Relations Act y seis semanas después de esta decisión, la ley de seguridad social (aunque hay que reconocer que ésta fue aprobada con 5 votos contra 4). Entre 1938 y 1940, el tiempo hizo su labor y cuatro jueces más se retiraron, lo que le permitió al presidente sustituirlos por juristas que le eran mucho más cercanos.

El New Deal, sin embargo, dejó de carburar en 1937. Roosevelt, uno más de los creyentes keynesianos que creen que el apoyo estatal puede durar toda la vida e incluso es capaz de sustituir a la iniciativa privada, despertó bastante bruscamente a la realidad de que, en relativamente poco tiempo, cuatro millones de estadounidenses regresasen a la cola del paro. FDR reaccionó como un mal perdedor, adjudicándole el problema, una vez más, a los fallos de mercado, esta vez a las prácticas monopolísticas; de modo y forma que en 1938 impulsó una ambiciosa investigación anti-trust.

En junio de aquel año, el Congreso creó el Temporary National Economic Committee, al que se le encomendó nada menos que estudiar una nueva estructura para el sector empresarial americano. En 1938, cuando llegaron las mid-term elections, Roosevelt hizo un intento de limpiar las listas de su partido de políticos lejanos al New Deal, sobre todo del Sur. Con ese movimiento no consiguió otra cosa que generar más descontento social con sus formas de gobernar para, además, apenas conseguir algún que otro puesto de más en las candidaturas. En las elecciones los demócratas mantuvieron su mayoría en el Congreso y en el Senado, pero los republicanos registraron grandes avances, pues pasaron de 89 puestos en el Congreso a a 164, y de 16 a 23 en el Senado.

Tras estas elecciones, Roosevelt comenzó a introducir en su oratoria los conceptos de un New Deal ya maduro (sugiriendo, pues, su estancamiento) e incluso de su reforma. Sin embargo, todas esas intenciones quedaron ignotas después de que los japoneses bombardeasen Pearl Harbor.

Se ha especulado mucho, y se seguirá especulando, acerca del nivel de información que Roosevelt tenía de las intenciones de los japoneses y sobre hasta qué punto dejó que las cosas siguiesen un rumbo belicista que habría podido parar. Resulta muy difícil abonar una sola teoría, pero lo que es cierto es que, en el momento en que se produjo el ataque de Pearl Harbor, ocurrían dos cosas importantes. La primera de las cosas es que Estados Unidos había consolidado durante décadas un sentir social aislacionista que lo llevaba a rechazar de plano la idea de entrar en una guerra, mucho más en una de grandes dimensiones. La segunda la acabamos de contar: Roosevelt veía como su ambiciosa política económica y social se tambaleaba tras unas elecciones de mitad de mandato de las que había salido vivo, pero con una enorme hemorroide en el culo que comenzaba a supurar.

Resulta muy fuerte pensar que un político pueda llevar a su país a la guerra tan sólo por conveniencia de un cálculo político. Las opciones son muchas de que FDR hubiera podido gestionar toda aquella situación sin necesidad de entrar en guerra, opciones que a veces se olvidan cuando se plantea esta ucronía. Pero no hay que descartar que la Casa Blanca hubiese llegado, de alguna forma, a la conclusión de que la única forma de contrarrestar la marea aislacionista era ser agredidos y que, una vez que esto ocurrió, lo aprovechase. A mí, sinceramente, ésta me parece la opción más lógica.