miércoles, mayo 03, 2017

EEUU (52)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.

Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra e, inmediatamente, el asesinato de Lincoln.

Aunque eso no era sino el principio del problema. La reconstrucción se demostró difícil, amén de preñada de enfrentamientos entre la Casa Blanca y el Congreso. A esto siguió el parto, nada fácil, de la décimo cuarta enmienda. Entrando ya en una fase más normalizada, hemos tenido noticia del muy corrupto mandato del presidente Grant. Que no podía terminar sino de forma escandalosa que el bochornoso escrutinio de la elección Tilden-Hayes.

Aprovechando que le mandato de Rutherford Hayes fue como aburridito, hemos empezado a decir cosas sobre el desarrollo económico de las nuevas tierras de los EEUU, con sus vacas, aceros y pozos de petróleo. Y, antes de irnos de vacaciones, nos hemos embarcado en algunas movidas, la principal de ellas la reforma de los ferrocarriles del presi Grover Cleveland. Ya de vuelta, hemos contado los turbulentos años del congreso de millonarios del presidente Harrison, y su política que le llevó a perder las elecciones a favor, otra vez, de Cleveland. Después nos hemos enfrentado al auge del populismo americano y, luego, ya nos hemos metido de lleno en el nacimiento del imperialismo y la guerra contra España, que marca el comienzo de la fase imperialista del país, incluyendo la política asiática y la construcción del canal de Panamá.

Tras ello nos hemos metido en una reflexión sobre hasta qué punto la presidencia de Roosevelt supuso la aplicación de ideas de corte reformador o progresista, evolución ésta que provocó sus más y sus menos en el bando republicano. Luego hemos pasado ya a la implicación estadounidense en la Gran Guerra, el final de ésta y la cruzada del presidente a favor de la Liga de las Naciones. Luego hemos pasado a la (primera) etapa antiinmigración hasta la llegada de Hoover, quien se las prometía muy felices pero se encontró con la Gran Depresión , que trajo a Roosevelt y sus primeras medidas destinadas a reactivar la economía, así como el nacimiento de la legislación social americana y el desarrollo propiamente dicho del New Deal.

Después de eso, hemos pasado a pensar un poco sobre los retos diplomáticos de entreguerras de los EEUU en Asia y Latinoamérica y, en general, la tensión aislacionista del país. 



Cuando Roosevelt firmó el acuerdo atlántico, por supuesto no desconocía que Japón había entrado en el Eje con Alemania e Italia casi un año antes; y, de hecho, en las declaraciones que se produjeron durante el acto del acuerdo, no ocultó que uno de los objetivos de aquel pacto era bajarle los humos al Imperio Meiji. En el área indochina había dos poderes europeos en clara retirada, que eran Francia y Holanda, y Japón aspiraba a sustituirlos a ambos.


Sucintamente, lo que le pasó a Japón para realizar, el 7 de diciembre de 1941, su famosérrimo ataque sobre el puerto de las perlas, fue que sobreponderó sus ambiciones sobre la potencia que calculó adquiría la coalición aliada en el Pacífico tras firmar su acuerdo. Al día siguiente, un Congreso que se mostraba como tras un electrochoque votó la declaración de guerra contra Japón. Alemania e Italia respondieron el 11 declarándole la guerra a los Estados Unidos, a lo que el Congreso respondió con la misma píldora.

Yo, personalmente, creo que desde que el momento en que Roosevelt tuviese claro que habría guerra en Europa y que Japón iba a tomar partido activo, supo que los EEUU entrarían en guerra en un momento u otro. Lo que no tengo claro es exactamente en qué momento el presidente se cayó de ese guindo. Lo que sí es evidente es que se desplegó con notable cautela respecto de los japoneses, como en parte ya hemos visto. Él, mucha cuarentena y mucha tontería, pero hacer, hacer, hizo poco. A mediados de 1940, de hecho, Japón todavía compraba muchas materias primas de origen estadounidense sin grandes problemas. Eso sí, cuando Japón, en julio de 1940 Japón atacó algunos territorios franceses y holandeses en el área, el presidente decretó que los exportadores de hicrocarburos y metal hacia Japón deberían obtener una licencia para ello; acción con la que, sobre todo, puso en problemas el abastecimiento de combustible de la aviación militar nipona. En julio de 1941, cuando los japoneses ganaron posiciones en la Indochina francesa, todos los activos en poder de japoneses en los Estados Unidos fueron congelados, movimiento que fue contestado por los japoneses en el mismo sentido.

El 5 de noviembre de 1941, Japón envió a Estados Unidos a un representante, Saburo Kurusu, con la misión de tratar de limar las asperezas existentes entre ambos países. Cinco días después, Kurusu y el embajador nipón en Washington le presentaron a Cornell Hull una serie de propuestas que venían a decir que Estados Unidos se limitase a aceptar como hechos consumados las conquistas que realizase Japón en el área asiática. La Secretaría de Estado contestó el 26 de este mismo mes con un documento de contrapropuestas. El 1 de diciembre, en realidad cinco días después de que la flota que atacó Pearl Harbor hubiese salido ya de las Kuriles, los japoneses rechazaron por “fantasiosas” las propuestas estadounidenses, pero llamaron a nuevas negociaciones. La información que entonces tenía la inteligencia estadounidense hablaba de movimientos de tropas en el suroeste del Pacífico, por lo que Roosevelt pensó que habría un ataque por ahí. El 6 de diciembre todavía le envió al emperador una petición de paz; pero al día siguiente se produjo el ataque.

En el corto plazo, todo parecía demostrarle a los japoneses que habían tomado la medida adecuada. Pearl Harbor se vio seguida de victorias japonesas en Filipinas, la Isla de Wake, Guam, Hong Kong, la Malasia Británica, o Tailandia. Todos estos territorios se fueron rindiendo a lo largo del mes de diciembre. En Filipinas, las tropas estadounidenses, al mando del general Douglas McArthur, se hicieron fuertes en la península de Bataan y en el Fuerte Corregidor, pero acabarían rindiéndose ya en 1942, aunque McArthur logró salir de la zona.

El el suroeste del Pacífico, los japoneses consiguieron un enorme golpe de efecto el 10 de diciembre cuando frenaron a los británicos en la zona al hundir el crucero Repulse y el destructor Prince of Wales. Entonces pasaron a Malasia, tomaron Singapur, y echaron a los británicos hacia las posesiones holandesas. Para marzo de 1942, habían tomado Borneo, con lo que secaron a China de toda ayuda occidental.

Al llegar el buen tiempo a Europa en 1942, la verdad, lo que hoy conocemos como los aliados tenían pocos argumentos sobre la mesa como para pensar que ganarían aquella guerra. En su favor se encontraban algunos argumentos realmente menores, como que todavía superaban en población a los territorios controlados por el Eje, o el apoyo que habían recibido de los países latinoamericanos. Pero a nadie se le escapaba que los agresores tenían la ventaja de haber golpeado primero, y que se habían hecho con territorio enormemente rico en materias primas, industrias y población.

La navegación marítima era enormemente peligrosa tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo. De hecho, el Mediterráneo se convirtió en un escenarion tan problemático para los aliados que tuvieron que recuperar la vieja ruta del Cabo de Buena Esperanza para poder llegar a Asia desde Europa.

Estratégicamente hablando, muchos expertos hablaban de una guerra que podría terminar entre 1949 y 1957, aproximadamente. ¿Qué cambió esa previsión? Fundamentalmente, la capacidad industrial estadounidense.

Las personas que tanto critican el capitalismo y la globalización no suelen ser conscientes de que esa misma realidad que tanto critican es, tal vez, la que les salvó de pasar su infancia colegial cantando en el patio del colegio himnos a Francisco Franco o al sucesor de Hitler. Lo que salvó a Europa de la amenaza fascista fue, básicamente, la capacidad productiva americana; y ésta no habría sido en 1940 la que fue si aquel país no hubiese tenido durante el siglo XIX la obsesión que tuvo por el crecimiento, y no le hubiese puesto tan pocas trabas como le puso. Apenas un año después de Pearl Harbor los Estados Unidos, que todo lo que habían hecho había sido dedicar al esfuerzo bélico industrias básicamente ya existentes, producían más armas, municiones y pertrechos bélicos que todas las potencias del Eje juntas. A ello hay que unir que Roosevelt y Churchill, dos políticos muy narcisistas que tenían sus diferencias ideológicas y personales, supieron entender que lo que les tocaba era trabajar coordinados, por lo que la planificación de recursos no sólo no fue un problema de lado aliado, sino que probablemente se convirtió en su principal fuerza.

Fruto de la comprensión y el diálogo mutuo fue una de las decisiones cruciales en la guerra: la decisión de realizar una operación conjunta en el Pacífico, que se desarrollaría hasta que Estados Unidos estuviese en condiciones de movilizar ayuda suficiente como para permitir a Gran Bretaña y Rusia contraatacar en Europa. Entonces lo principal sería la victoria en Europa, y Japón quedaría para el final. Qué decir tiene que, aunque hoy se haya olvidado, esta decisión fue criticada hasta la saciedad en Estados Unidos. Los estadounidenses habían sido agredidos por los japoneses; aunque pensaran que Hitler esto o lo otro, la verdad es que el alemán no les había hecho nada (por no mencionar que, para algunos de ellos, además estaba atacando a la URSS, o sea que mal no les parecía). Buena parte de la opinión pública estadounidense, pues, consideraba que lo que le tocaba a un Estados Unidos poderoso pero, al fin y al cabo, aislacionista, era ir a por lo suyo: atacar a Japón, y en Europa que cada uno se cambiase los calzoncillos según fuera pudiendo.

Roosevelt, sin embargo, entendió que sin victoria en Europa no habría victoria at all, y apoyó una estrategia que, formalmente, ponía a los británicos primero. La prensa estadounidense se petó de artículos de diletantes de salón varios y esos “expertos” que siempre surgen en toda hora, vaticinando los peores males para los Estados Unidos si se seguía esa estrategia. Como suele ocurrir con ese tipo de cultiparlantes, cuando los hechos les dieron un zasca, ni se molestaron en reconocerlo, menos aun pedir disculpas por haber aconsejado a la nación que marchase hacia el abismo.

Así las cosas, dos batallas ocurridas en la primavera de 1942 levantaron la esperanza de que tal vez finalmente se podría mantener a los japos controlados en el Pacífico. La primera fue la batalla del Mar de Coral. Los japoneses asaltaron Port Moresby en Nueva Guinea, pero los estadounidenses y australianos lo recuperaron. Los EEUU perdieron allí el Lexington, una importante pieza de su flota, pero el 11 de mayo, cuando se retiraron, los japoneses habían perdido 15 barcos y tenían 20 seriamente dañados.

La segunda es mucho más famosa. Se trata de la batalla de la isla de Midway, que los chicos y chicas de mi generación (sobre todo los chicos) recordamos porque fue relatada en una película de cine que fue la primera que se exhibió en los cines en surround: las butacas temblaban con cada bomba. Ocurrió en los días 3 a 6 de junio. Era fundamental impedir la captura japonesa de la isla porque habría impedido el uso de Pearl Harbor. El almirante Chester Nimitz se enfrentó a una flota japonesa superior en medios. Sufrió enormes pérdidas, pero logró mantener Midway, salvar las Hawai, y se marcó el momento en el que los Estados Unidos pudieron dirigirse hacia Europa.