miércoles, mayo 17, 2017

EEUU (54)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.

Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra e, inmediatamente, el asesinato de Lincoln.

Aunque eso no era sino el principio del problema. La reconstrucción se demostró difícil, amén de preñada de enfrentamientos entre la Casa Blanca y el Congreso. A esto siguió el parto, nada fácil, de la décimo cuarta enmienda. Entrando ya en una fase más normalizada, hemos tenido noticia del muy corrupto mandato del presidente Grant. Que no podía terminar sino de forma escandalosa que el bochornoso escrutinio de la elección Tilden-Hayes.

Aprovechando que le mandato de Rutherford Hayes fue como aburridito, hemos empezado a decir cosas sobre el desarrollo económico de las nuevas tierras de los EEUU, con sus vacas, aceros y pozos de petróleo. Y, antes de irnos de vacaciones, nos hemos embarcado en algunas movidas, la principal de ellas la reforma de los ferrocarriles del presi Grover Cleveland. Ya de vuelta, hemos contado los turbulentos años del congreso de millonarios del presidente Harrison, y su política que le llevó a perder las elecciones a favor, otra vez, de Cleveland. Después nos hemos enfrentado al auge del populismo americano y, luego, ya nos hemos metido de lleno en el nacimiento del imperialismo y la guerra contra España, que marca el comienzo de la fase imperialista del país, incluyendo la política asiática y la construcción del canal de Panamá.

Tras ello nos hemos metido en una reflexión sobre hasta qué punto la presidencia de Roosevelt supuso la aplicación de ideas de corte reformador o progresista, evolución ésta que provocó sus más y sus menos en el bando republicano. Luego hemos pasado ya a la implicación estadounidense en la Gran Guerra, el final de ésta y la cruzada del presidente a favor de la Liga de las Naciones. Luego hemos pasado a la (primera) etapa antiinmigración hasta la llegada de Hoover, quien se las prometía muy felices pero se encontró con la Gran Depresión , que trajo a Roosevelt y sus primeras medidas destinadas a reactivar la economía, así como el nacimiento de la legislación social americana y el desarrollo propiamente dicho del New Deal.

Después de eso, hemos pasado a pensar un poco sobre los retos diplomáticos de entreguerras de los EEUU en Asia y Latinoamérica y, en general, la tensión aislacionista del país. Pero es un hecho que EEUU acabó implicado en la guerra, que tras costosas operaciones fue ganada tanto en el frente europeo como en el Pacífico.

Como es sobradamente sabido, la constatación aliada de que su enemigo estaba vencido en Europa comenzó a aflorar las contradicciones y enfrentamientos esenciales que existían en el grupo. En febrero de 1945, cuando los soviéticos seguían presionando en el frente oriental y los aliados habían ya liberado Francia, estas diferencias se hicieron patentes en una cita histórica que merece por sí misma una serie de posts, como es la conferencia de Yalta. Yalta fue una reunión de vencedores que todavía no lo eran, pero ya sabían que lo serían. Se hizo para constatar el acuerdo de los tres grandes más Francia en torno a cuatro conceptos fundamentales: el desarme del Tercer Reich; la partición de Alemania en cuatro zonas de influencia; el pago por parte de Alemania de una serie de reparaciones de guerra que serían fijadas por una comisión que se reuniría en Moscú; y el mantenimiento de la paz mundial a través de una institución supranacional: las Naciones Unidas.


Yalta, sin embargo, no fue sobre esos cuatro principios, que de hecho fueron establecidos con relativa facilidad. El verdadero problema es Yalta. Los europeos y occidentales de hoy en día suelen sorprenderse mucho ante el perfil fuertemente conservador que presenta la sociedad y, consiguientemente, la política polacas. Sin embargo, aparte de que ese conservadurismo es una consecuencia bastante lógica de medio siglo aplicando la vanguardia sociopolítica mundial comunista, quienes juzgan esos comportamientos lo hacen sin tener ni idea de qué significa el hondo sentimiento de abandono y traición (una más, por cierto) con el que los polacos leen su Historia reciente.

El objetivo fundamental de Stalin era que sus socios en la alianza aceptasen como un fait accompli el denominado gobierno de Lublin, de obediencia moscotiva. Los aliados, por otra parte, se encontraban ante la práctica imposibilidad de aceptar eso, por cuanto suponía entregar a la realidad satelital soviética un país que había aportado enormes esfuerzos en la guerra, que había sido masacrado por los propios soviéticos que ahora pretendían salvarlo y, last but not least que, al contrario que otros países ocupados, había mantenido en Londres una estructura representativa en el exilio.

No podían; pero lo hicieron. El bando occidental de aquellas negociaciones, por así decirlo, estaba notablemente debilitado por la enfermedad de Roosevelt, mientras que Stalin estaba en todo lo gordo de su momento. Estados Unidos y Reino Unido, éste segundo arrastrando los pies, aceptaron los hechos a cambio de que Stalin prometiese que el gobierno de Lublin iba a dar entrada a miembros no comunistas. No sólo eso, sino que en la otra punta del cinturón comunista, en Yugoslavia, también permitieron los negociadores la formación de un nuevo gobierno presidido por Josif Broz, también formalmente fortalecido por la presencia de fuerzas antinazis no comunistas.

Stalin no sólo sacó estas dos joyitas de Yalta. Uno de los grandes problemas de Yalta, uno de los errores tácticos de aquella conferencia, fue el momento. Ese momento, cuidadosamente elegido por los estrategas de Moscú como lo fue la sede, era un momento temporal en el que la guerra en Europa se podía dar por concluida, pero no la del Pacífico. Eso hizo que, mutatis mutandis, Yalta se produjo en unas condiciones en las que Stalin casi se podía permitir la inacción del frente occidental pues probablemente era ya capaz de ganar la guerra en Europa por sí solo; mientras que Estados Unidos y Reino Unido tenían la necesidad de necesitar que la URSS asumiese su participación en la guerra contra Japón. A cambio de esa participación, Stalin se llevó las tierras que reivindicaba en la Mongolia Exterior y que había perdido el zar en la guerra ruso-japonesa, así como las Kuriles.

Los occidentales eran tan conscientes de la mierda que estaban pactando, que la mantuvieron en secreto. De hecho, cuando estas condiciones fueron de público conocimiento, en la opinión pública estadounidense se montó la mundial.

El 1 de abril, Roosevelt le escribió una nota a Stalin en la que se mostraba deeply dissapointed por la falta de avances en el tema polaco. A Stalin le importó un huevo. Probablemente estaba bien informado de lo que estaba a punto de pasar, y pasó: el día 12, el presi la cascó.

Lo que sí avanzó fue el compromiso de crear unas Naciones Unidas. En noviembre de 1943 ya se había producido una reunión de 44 países para crear la UNRRAS, United Nations Relief and Rehabilitation Administration, una organización con el objetivo de asistir a las naciones que habían sido ocupadas por el Eje. En julio se celebró la conferencia de Bretton Woods, que creó el Fondo Monetario Internacional para estabilizar las relaciones de cambio mundiales y también para dar oportunidades de trabajo a algún que otro depredador sexual; se creó, asimismo, el Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo, para otorgar préstamos a estos países escojonadillos. En agosto, una segunda conferencia, esta vez en Dumbarton Oaks, se ocupó de esquematizar las futuras Naciones Unidas. Por último, en Yalta se fijó la fecha de abril de 1945 para la reunión en San Francisco en la que se crearía la organización.

Los delegados de 50 países que fueron a San Francisco iban, tales eran las ilusiones del exilio español, a consumir buena parte de sus reflexiones en armar un boicot al régimen de Franco. Pero lo cierto es que no fue así. La reunión de Dumbarton Oaks se consumió en hacer meticulosa nómina de todos los temas que dividían o enfrentaban al bloque occidental y al oriental; entre los cuales no estaba el temita de Franco, pero no tardaría en estar.

Una vez puestas en marcha con grandes dificultades, las Naciones Unidas se reunieron por primera vez propiamente dicha en Londres en 1946, aunque pronto se muraron a Nueva York, de donde ya no se han ido. Dado que el tema más problemático en la organización de las Naciones Unidas era el del voto, se tuvo que llegar a la transacción de otorgar derechos de veto. La URSS, obvia beneficiaria de la medida, comenzó a usar de sus vetos casi constantemente.

La ONU se ocupó inmediatamente de un asunto de gran importancia en el que su inoperancia ha sido por otra parte manifiesta. Ya en junio de 1946, el banquero, filántropo y asesor de presidentes Bernard Baruch señaló la necesidad de llegar a algún acuerdo multinacional de limitación de armas nucleares. El plan que desplegó supuso crear una agencia internacional a la que los Estados Unidos entregaría sus secretos nucleares a cambio de que dicha agencia tuviese la potestad de inspeccionar cualquier rincón del mundo para comprobar que no se estaban fabricando armas nucleares. EEUU destruiría su arsenal nuclear, además de comprometerse a no fabricar más armas atómicas.

Se trataba de un plan muy influido por las catástrofes de Hiroshima y Nagasaki, todavía muy cercanas en el tiempo; un plan que marcó toda una tradición en las Naciones Unidas, consistente en elaborar planes que no habría redactado ni Rita Irasema y que cualquier persona con dos dedos de frente sabe que jamás se pondrán en marcha con eficiencia. Como era de esperar, la URSS, que recelaba de las organizaciones internacionales porque las veía demasiado influidas por los EEUU; y los Estados Unidos, para los cuales este plan equivalía a renunciar a una obvia ventaja que tenían sobre la URSS, siquiera pensaron en apoyar aquella movida. Esto, como digo, es muy Naciones Unidas: propones en un papel que a partir del mes que viene los osos blancos y las focas se pongan a bailar el rigodón todas juntas y, acto seguido, cuando te lo tumban, vas y dices que es que no hay voluntad de resolver el problema de la violencia animal en el Círculo Polar Ártico.

Otro punto importante de fricción entre los bloques fueron los países liberados. En julio de 1945, Truman, Clement Attle y Stalin se reunieron en Potsdam, para discutir el futuro de los miembros del Eje. Allí confirmaron su intención de partir Alemania en cuatro zonas, avanzaron en el tema de las reparaciones de guerra y avanzaron en la definición de la frontera entre Alemania y Polonia. Asimismo, en la conferencia de Potsdam se creó un consejo de ministros de Exteriores de los Estados Unidos, Reino Unido, la URSS y China para diseñar los tratados de paz con Italia, Bulgaria, Rumania, Hungría y Finlandia. Estos tratados se firmaron en febrero de 1947 y dejaron todos estos países, salvo Italia y Finlandia, en la órbita soviética. Luego llegaron los juicios de Nuremberg. En total, aproximadamente medio millón de nazis fue condenado a diversas penas. En Japón se llevaron a cabo juicios similares, que llevaron a la ejecución del antiguo primer ministro Tojo y seis jerifaltes más,además de condenar a 4.000 criminales de guerra más.

La situación en la Alemania ocupada era de una extrema fragilidad, y de hecho colapsó en 1948, cuando los soviéticos decretaron el bloqueo de Berlín, que provocó la organización por parte de los aliados del pasillo aéreo por el cual volaban constantemente aviones de transporte con todas las cosas que necesitaba la ciudad. El bloqueo se levantó en mayo de 1949.

En junio de 1948, observando que la organización de la Alemania dividida no estaba evolucionando como esperaban, los aliados occidentales se reunieron para crear la República Federal Alemana. Este nuevo Estado, formado por las zonas estadounidense, británica y francesa, se creó en septiembre de 1949, y tan sólo cinco años después fue admitido entre los aliados occidentales. Moscú reaccionó creando en octubre de 1949 la República Democrática de Alemania.


En Japón, por otra parte, la administración del país se dejó en manos del general Douglas McArthur. Los estadounidenses pusieron en marcha una nueva constitución en mayo de 1947, previendo elecciones libres para definir el gobierno; el texto constitucional, por otra parte, establecía la renuncia expresa del Japón a hacer la guerra. El Tenno, por su parte, renunció a ser una divinidad. La administración estadounidense llevó a cabo, asimismo, una serie de reformas sociales, entre las cuales se incluyó la disolución de los mayores complejos industriales o de servicios, así como el reparto de tierras entre los campesinos. A finales de 1951, Estados Unidos y Japón concluyeron un tratado de paz en el que 49 países estamparon su firma (entre ellos no estaba la URSS), gracias al cual el país recuperó su soberanía. Sobre este punto en concreto, a los que seáis demasiado jóvenes para conocer o valorar el cine clásico, os recomiendo una excelente comedia: The Teahouse of the August Moon (Daniel Mann, 1956).