lunes, noviembre 20, 2017

Trento (38)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.

Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena. Las cosas se encabronaron y llegó un momento en que el Papa se jugó el ser o no ser de su poder; pero no en Trento, sino en Innsbruck. Pero allí, en el minuto de descuento, el emperador se echó atrás; incluso a pesar de la oposición de su sobrino el rey de España.

El Papa adquirió un control casi total sobre el concilio, aunque una cuestión de etiqueta entre franceses y españoles estuvo a punto de cargárselo de nuevo. Una vez superada, el concilio trató de avanzar en la tan cacareada reforma de la Iglesia. El Papa, en todo caso, obtuvo una gran victoria para sus tesis al atraer a su bando al cardenal de Lorena. La cosa no fue mal hasta que al concilio le entraron ganas de recortar los privilegios del poder temporal.

Los legados habían esperado claramente que aquella concesión, que aplazaba el debate sobre los presuntos recortes del poder temporal, supusiera aceite lubricante para el resto de los artículos de la reforma, que por lo tanto se podrían aprobar al gusto de Roma. Sin embargo, no fue así; y si no lo fue, ello sólo se puede atribuir al celo y la continuidad (impasible el ademán) de los españoles.


Los embajadores franceses decidieron permanecer en Venecia, manteniendo pues la amenaza de dejar físicamente Trento. Era un gesto que venía a a amenazar con que el rey francés no aceptaría las decretales del concilio referentes a la reforma de la Iglesia. Pero más que esta amenaza potencial, el Papa se encontró con la actitud de los españoles en el concilio. El 2 de noviembre comenzó la discusión de los decretos, una vez ampliamente enmendados por la ponencia previa, sólo por casualidad petada de obispos italianos. Los españoles se posicionaron inmediatamente contra aquellos artículos mutilados y extra matizados. Se escucharon acusaciones muy fuertes; el obispo de Segovia, sin ir más lejos, acusó a los miembros de la comisión de haber cometido fraude, por haber introducido en los artículos cosas que no estaban en el ánimo del concilio.

Los españoles, además, hicieron notar algo que no por evidente había que callar: al haber construido los legados una comisión, una ponencia que diríamos hoy, prácticamente formada en su totalidad por italianos, en realidad lo que se había conseguido era elaborar unos textos al estricto interés de la Iglesia de aquel país. Muy al contrario, decían, la ponencia tendría que haberse formado con miembros de diversos países y, lo que es más importante todavía, debería haber sido liberada del escrutinio permanente de los legados. El padre Francisco Blanco, titular de la sede orensana y a quien ya hemos visto en estas notas ser blanco (nunca mejor dicho) de críticas muy aceradas, tuvo aquí otra intervención rabiosamente polémica, que cerró con un campanudo “la verdad, mejor nos había sido a todos nosotros [se refería a los españoles] no haber venido aquí; así nos habríamos ahorrado el papel de comparsas que se nos ha reservado” [he redactado la frase al gusto actual, ciertamente]. El obispo de Vigo, por su parte, consideró los decretos “desbastados de todo su valor original” y, por lo tanto, perfectamente inútiles.

Lo eran.

De nuevo, propugnar o permitir el debate con los padres españoles iba introduciendo, poco a poco, uno de los temas de fondo de Trento, que ha permanecido siempre en la corriente subterránea de la Iglesia católica sin que, la verdad, sus miembros hayan sido capaces de darle una solución única (en realidad, se le da una solución u otra, dependiendo de la personalidad del padre santo que esté en el machito en cada momento). Este tema es: nadie duda, en la Iglesia, que la autoridad máxima de la misma es el Papa. Pero, ¿cómo debe ejercer dicha autoridad?

¿Es la autoridad del Papa una autoridad que diríamos feudal, esto es: puesto que está ungido por Dios, puede hacer lo que le dé la gana; o, muy al contrario, esa autoridad no la tiene sino para administrar sabiamente las decisiones de la propia Iglesia que, como su propio nombre indica, es una asamblea? Por plantearlo de una forma absurda, pero que tal vez por eso mismo fácil de entender: ¿puede un Papa decretar que a partir de ahora los sacerdotes deberán disfrazarse de Batman los días impares, o aunque lo haga existe una Iglesia que es, realmente, más poderosa que él, y que por lo tanto puede tranquilamente mandarlo a la mierda si lo hace?

La pregunta es muy sutil, y tiene muchas derivadas que probablemente al seglar, y no digamos al no creyente, se le den una higa; pero en Trento tenían una importancia capital. ¿Es el Papa libre de dirigir un concilio por las sendas que él cree que son las correctas? ¿Dónde está la voluntad del Espíritu Santo: en las ideas del hombre al que ha colocado al frente de la Iglesia, o en la Iglesia misma? Las consecuencias de este debate son importantísimas. Fíjese el lector que la otra gran religión abrahamánica del mundo, la musulmana, ha optado casi sin ambages por la segunda de las opciones: lo que toca Dios (Alá) con su dedo es al clero, y por lo tanto éste es el que expresa su voluntad, sin sujeción a un mando superior, a un imán superior que podríamos decir. Pero eso, al final, acaba en que en diferentes puntos del mundo hay muftíes que decretan fetuas diferentes, en ocasiones incluso incompatibles entre sí.

En Trento, tal es mi visión, una iglesia católica española que estaba escandalizada por la situación del clero en Europa (cierto es que los escándalos del clero en España eran problema menor al lado del espectáculo que daban los curas y obispos en lugares como Italia) y que al tiempo temía que la transacción con la reforma erosionase la pureza del catolicismo, acabó por acunar en su seno la idea de que lo mejor era defender y obtener la independencia obispal, o sea la independencia de las iglesias nacionales. Convicción que la llevó, incluso en contra de su voluntad, a disminuir la figura del Papa como jefe supremo eclesial. En este sentido, el nacimiento de la Compañía de Jesús no es sino la reacción a esta tendencia.

Pero volvamos a Trento. Sesión tras sesión, los prelados españoles levantan la mano y toman la palabra para decir eso tan usual de “me opongo a todo”. Como ese tipo de posturas partisanas y rompedoras siempre son atractivas para muchos, poco a poco los españoles fueron consiguiendo adeptos para sus puntos de vista. Cuando suficientes prelados italianos, y la mayoría de los franceses, fueron ganados para la causa española, los legados tuvieron claro que había llegado el tiempo de subirse otra vez las sotanas. Así las cosas, arrastrando los pies, los legados propusieron al concilio una resolución por la cual se interpretaba esa famosa apelación a las propuestas de los legados, en el sentido de que dicha frase nunca podría ser entendida como un límite a la libertad del concilio.

De esta manera, con un montón de grandes temas apartados o aplazados, se celebró una nueva sesión pública del concilio el 11 de noviembre de 1563; era la octava o la vigésimo cuarta según cómo contemos.

A pesar de que, como siempre, a la sesión pública se llegó con los temas teóricamente hablados y pactados, para así dar a la Cristiandad una imagen de paz y consenso que estaba muy lejos de ser la verdad, en sí la sesión no marchó, que se diga, bien. Dos legados y más de medio centenar de prelados votaron en contra del decreto que prohibía los matrimonios secretos. Asimismo, cuando se fue a votar la decretal que definía la relación de los obispos con los arzobispos, los primeros se descolgaron con una demanda de mayor autonomía para ellos; antes de votar, pues, hizo falta hacer enmiendas a pelo puta en 21 artículos de la reforma. Fue tal el follón que los catorce últimos artículos de la colección hubieron de dejarse para la sesión siguiente.

Esta última noticia sentó en Roma como una colonoscopia a lo vivo. Pío llevaba semanas sin ocultar su deseo de que aquélla del 11 de noviembre fuese la última de las sesiones del concilio. Desde el 14 de octubre, el Papa le había enviado a los legados poderes suficientes como para cerrar el concilio cuando lo consideraren necesario; y les había dejado claro que mejor que no se cortasen. El día 22 de aquel mes había iniciado una ofensiva diplomática en favor de la idea: él le había escrito al emperador, mientras que Morone se había ido a ver personalmente al rey Maximiliano, mientras que Visconti, el obispo de Vintimilla, fue enviado a El Escorial. Frente al emperador hubo poco problema, porque efectivamente Fernando instruyó a sus embajadores para que se alineasen con los legados; hizo, de hecho, más que eso, puesto que redactó cartas tanto al conde de Luna como a Felipe II instándoles a hacer lo mismo.

El día 13 de noviembre, dos después de la sesión pública, los legados convocaron una congregación particular de 25 prelados escogidos y los embajadores de todas las naciones, a los que sometieron la recomendación de cerrar el concilio. El primero en intervenir fue el cardenal de Lorena, quien, como ya se habrán imaginado los más conspicuos de nuestros lectores, habló ardientemente a favor de la idea defendida por el Papa mientras sostenía un pesado monedero lleno de piezas de oro con las cachas del culo. Aquel discurso, por cierto, no sólo fue una ayuda al Papa, sino que fue un acto consciente de desobediencia, pues Lorena había recibido la orden del rey francés de defender la necesidad de debatir en Trento el Libelo de Reforma galo. Muy al contrario de los planteamientos de su jefe, Lorena apeló a los legados a cerrar el concilio lo antes posible, ante la amenaza de la ruptura de la paz religiosa en su país.

Siendo aquel discurso el resultado puro y simple de la ambición personal de un tío, hay que reconocer que llovió sobre suelo fértil. Una mayoría de los padres que lo escucharon estaban por la labor del cierre del concilio porque estaban, literalmente, hasta los cojones de estar allí. Ni siquiera los españoles fueron capaces de presentar gran oposición, conscientes como eran del ambiente general.

Se establecieron tres comisiones, compuestas cada una por cinco obispos y cinco teólogos, con la misión de elaborar y terminar los cánones que se consideraban más necesarios: aquéllos sobre el Purgatorio, las indulgencias, la veneración de las imágenes, y los santos.

Aquellas comisiones hacían como que el trabajo que le quedaba pendiente a Trento era poca cosa. Pero ni modo: la sesión del día 11 se había dejado en paso catorce decretos sobre la reforma de la Iglesia, de los cuales el más problemático era el último, que era el que trataba sobre los príncipes temporales y su estatus. Aquí ya no sirvieron de gran cosa los gambeteos de Lorena. París, a través de una carta a Lorena, se posicionó claramente en contra de este artículo. El conde de Luna, los embajadores imperiales y los representantes de Venecia hicieron piña con el Louvre. Todos ellos pedían, no ya una modificación del artículo sino, en la práctica, que se redactase otro totalmente diferente.

Entre las dos posibilidades que se le presentaron: plantar pelea con aquel malhadado artículo 35 o avanzar hacia la clausura del concilio, Pío escogió la segunda. Para él, en ese momento, lo más importante era terminar con aquella pesadilla llamada Trento. Los legados, siguiendo sus instrucciones, desleyeron el texto del artículo hasta convertirlo en algo así como una expresión de intenciones; un viva Cartagena, que decimos en España.

Así las cosas, la discusión de aquellos artículos, que llevaba semanas en el alero, se terminó en tres días.

Todavía más rápida fue la deliberación sobre un conjunto de seis decretos disciplinarios, que básicamente prescribían una vida modesta (sic) a obispos y cardenales, limitaban el recurso a la excomunión y regulaban el pago de los diezmos eclesiásticos, como temas principales. Acelerando a todo trapo, el concilio también elaboró 23 cánones sobre la reforma del clero regular, seis sobre los conventos de monjas, y otros temas varios. Todo ello se terminó en seis sesiones de discusión.

Así de fácil estaba ya el tema. Todo el mundo lo pensaba. Todo el mundo lo esperaba.



Hasta el día que apareció el conde de Luna y dijo: “Por cierto...”